El fracaso del sistema educativo como síntoma del fracaso social
Reflexionar sobre la infancia y la adolescencia se torna hoy una necesidad, pero pensarlas de forma rigurosa, sin señalarlas como problema, sino más bien como grito ahogado que cuestiona este mundo adulto tan decadente en el que tienen que situarse y a partir del cual necesitan construirse una identidad.
Cada vez que alguien habla de la epidemia de salud mental de nuestros jóvenes una sensación de ira me invade, qué bien se nos da a los adultos situarnos ajenos al sufrimiento psicosocial de las generaciones que vienen, pensarnos mejores que ellos y no responsabilizarnos de lo que les ocurre.
Qué bien nos vienen a los que formamos parte del mundo adulto las palabras enfermedad, epidemia, trastornos, con las que hemos domesticado a los chavales, para que de esta manera nos hagan el trabajo y ellos mismos se nombren en términos clínicos desactivando sus enfados, sus revoluciones, y sus preguntas sobre lo que les ocurre para pensar sus propias soluciones.
Frente a los malestares, frente a las disidencias, las instituciones de control social hacen su trabajo: el sistema educativo y el sistema de salud mental como instituciones de poder al servicio de la obediencia al amo en el que se ha convertido la sociedad neoliberal.
La escuela ha desistido en sus aspiraciones de equidad, igualdad y ese ascensor social que debería ser, ese espacio con aspiraciones democráticas que fomente el pensamiento crítico y la emancipación.
El sistema educativo disciplina, controla y expulsa a formas diversas de estar en el mundo, sin tratar de comprender las respuestas diversas de los niños y de los jóvenes que defienden su subjetividad con uñas y dientes frente a la uniformidad de un pensamiento hegemónico en el que no encuentran su lugar, y menos mal.
Sólo se necesita escuchar a padres de chicos con autismo y otras dificultades importantes, las cosas que escuchan de sus hijos y las formas de segregación que viven para tomar conciencia de lo que está ocurriendo.
Maestros disidentes que se alejan conscientemente de esas posiciones de poder, que cuidan, y que acompañan a las infancias, lamentablemente son una minoría. Yo tengo la suerte de conocer a algunos maravillosos, pero muchas veces hacen su trabajo en solitario o en contra de las direcciones de los centros escolares.
Hay muchos niños y adolescentes que sufren mucho en las escuelas e institutos, y esta es una realidad a la que no estamos mirando como deberíamos.
El sistema educativo debería acompañar a los chavales, en sus procesos, en sus realidades, teniendo en cuenta sus contextos, especialmente en la adolescencia, esa época que el psicoanalista Lacadee nombra como un exilio.
Exiliados de su cuerpo infantil, intentando hacer algo con su incipiente cuerpo adulto, y tratando de construirse una identidad.
En la mayoría de escuelas, no hay conciencia ni acompañamiento de todas estás complejidades, sólo se espera de ellos la obediencia y el sometimiento.
Se espera que aprendan unos contenidos, pero sin ningún cuestionamiento a este entrenamiento, que es pasar por el sistema educativo. Entrenamiento para que más adelante aceptes tu lugar como persona sometida al sistema en tu vida adulta.
Veo muchos centros escolares que exigen responsabilidad a los chavales, sin ser ellos responsables, ni de sus actos, ni de sus errores.
Centros que hablan de atención a la diversidad, sin entender que eso no es colocarse ninguna bandera, sino que implica aceptar la singularidad de los alumnos, y aceptar sus formas diversas de estar en el mundo.
Hablamos del bullying en las aulas, sin nombrar que algunos maestros están colocados en ese goce del poder, porque como dice una amiga, no hay droga más dura que el poder.
Y en un aula se tiene mucho poder sobre vidas de personas en construcción, navegando en este mundo hostil que hemos construido entre todos.
También hay una instalación en la queja constante de falta de medios que silencia otro debate mucho más profundo, y con esto no quiero decir que no haya que proporcionar medios. Es exactamente igual que lo que ocurre con el sistema de salud mental con la queja de que necesitamos más profesionales. No queremos más profesionales trabajando desde el mismo modelo de control social, y con los maestros ocurre lo mismo.
Cuando imparto formaciones a futuros maestros siempre les digo que tienen que elegir su posición en el aula, o actúan como agentes de control social, o lo hacen como agentes de justicia social.
Dejemos de normalizar el sufrimiento en las aulas, dejemos de utilizar etiquetas que colocar a los chavales y pensemos entre todos otra escuela deseable, y qué necesitamos para construirla.
A día de hoy el sistema educativo es un fracaso, un fracaso de toda la sociedad. Porque mientras un sólo chaval sufre en un espacio que debería ser seguro, o es señalado e incomprendido por su diferencia, incluso expulsado del sistema, estamos fallando como sociedad.
Los chavales no deberían sobrevivir en un espacio de cuidado y de acompañamiento como tendría que ser la escuela, deberían estar a salvo, deberían crecer siendo sostenidos sin ser señalados y segregados por su diferencia.
No se trata de eliminar ni mutilar estas diferencias, se trata de acompañar al niño o al joven para que pueda inventar algo con su singularidad que le ayude a encontrar su lugar en el mundo.
Basta de hablar de la generación de cristal y de que los jóvenes están enfermos, el problema no son los chavales, sino el mundo violento en el que vivimos.
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