La vida es otra cosa

 


Ayer vi esta obra en el Teatro del Barrio. Iba con expectativas, la había recomendado una compañera de activismos, pero debo decir que mis expectativas se superaron con creces.

En este momento en que el significante salud mental pulula por todas partes, siempre tengo precaución cuando voy a ver algo que atañe este tema. Nos estamos encontrando con que esta palabra se está usando, porque la sociedad de consumo que todo lo engulle ha visto un nicho de mercado muy suculunto mientras las personas de nuestro colectivo no hemos mejorado nada nuestras condiciones.

Pero nada más lejos de la realidad.

Es una obra con una puesta en escena brutal donde todas las aristas de los problemas de salud mental aparecen sin pudor, para confrontar al público con una realidad incómoda pero que nos atañe a todos.

El trabajo actoral es impresionante, todas vestidas de un blanco manicomial mostrándonos sus demonios, donde la angustia recorre toda la obra, los personajes la viven intensamente y nos la muestran de cerca, atravesandonos con ella.

Mientras ellas despliegan sus malestares, vamos escuchando entrevistas de testimonios en primera persona, de sufrimiento pero también de las injusticias que han padecido del sistema psiquiátrico.

Ficción y realidad se entrelazan de forma indisoluble.

Es una obra absolutamente política que cuestiona el estado de las cosas, el abandono que sufrimos, la sociedad invivible que nos hace enfermar, esa psicología de la felicidad tan venenosa.

No es casualidad que sean mujeres todas, pues ya sabemos que tener un problema de salud mental y ser mujer es una doble vulnerabilidad.

Mientras las actrices se van rompiendo, la culpa las devora, se balancean entre la ira y la culpa.

El suicidio está presente, como no podía ser de otra manera. Consiguiendo transmitir muy bien esos pensamientos suicidas que te invaden y te atormentan mientras el metro va llegando a la estación.

También la invasión de los otros que te rodean, como esas palabras, que bien podrían ser esos ideales sociales que van cayendo encima de tí, aplastandote con un ruido ensordecedor dentro de tí que te empujan cada vez más al precipicio.

Los cuerpos se convierten en despojos de encierro, como muchas veces lo son los cuerpos de las personas psiquiátrizadas.

No se deja ningún tema fuera, la maternidad  las drogas psiquiátricas, las carencias.

Y en medio de todo eso la soledad, dónde están los otros, los que deberían acompañar, sostener, acoger ese malestar.

Por un lado es una muestra del dolor, de lo que Antonio di Ciacia nombró como ese campo de concentración uno por uno en el que a veces vivimos y del que no podemos salir.

Pero también es el crudo abandono al que nos somete la sociedad, somos los despojos de lo que la sociedad no quiere ver y desea arrinconar. Pero estamos ahí gritando nuestro dolor aunque no se quiera escuchar.

No sigo porque ya sería demasiado spoiler.

Recomiendo esta obra, ojalá encuentren un lugar donde representarla mucho tiempo, ojalá muchas personas puedan verla, y se lleve a alumnos de bachillerato a verla.

El arte es un instrumento maravilloso de transformación social y lo necesitamos para cambiar tanto estigma y tanto prejuicio.

Gracias por este trabajo maravilloso, desde aquí toda mi gratitud y reconocimiento a esta compañía y a este grupo de actrices comprometidas.


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